Era un día monótono, tan monótono como el olor a pichi en la esquina, el pasar de las micros llenas de pubertos, o el viejo culiao mirando a las liceanas pasar, pero ese día había algo diferente, el olor a pichi era más fuerte y el viejo no estaba. Entre pensamientos weones y una atmósfera de amanecer rojizo; recibí una llamada, era mi madre, señora de las cuatro décadas y un pichintun más, madre de dos parasitos, me dijo: cabralesa se te quedaron las hallullas en la casa, ese día morí de hambre, ahora siento empatía por África.
La discusión cambio todo, ya no tenía ese brillo en los ojos al mirarme, sus besos eran diferentes, ya no eran dulces, me besaba sin ganas, sus abrazos pasaron de fuertes a débiles y ahí fue que me empecé a preocupar. De tan solo pensarlo me dolía, no era posible que me este pasando esto a mí, estaba perdiendo al amor de mi vida. Un día quise seguirlo, me dijo que se juntaría con un amigo, pero lo vi entrando a una florería, salió con un ramo de rosas. Lo escuche decir “eres el único hombre en mi vida”.
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