Ella estaba allí, con su mirada
de glaciar y piel de volcán. Su rostro pedía a gritos ayuda mientras guardaba
silencio con sus labios. Le ofrecí una tarde, termine dándole el corazón. Jamás
exigí nada a cambio, sus manos vacías bastaban para llenarme. Su voz terrenal
me hacía llegar al cielo con su canto angelical. Si lo bueno fuese eterno no
tendrías que haberte consumido. Esta vez con mirada de volcán y piel de
glaciar, con su rostro guardando más silencio que sus labios y sin nada más que
ofrecer aparte de hermosos recuerdos a tu lado, te digo adiós.
La discusión cambio todo, ya no tenía ese brillo en los ojos al mirarme, sus besos eran diferentes, ya no eran dulces, me besaba sin ganas, sus abrazos pasaron de fuertes a débiles y ahí fue que me empecé a preocupar. De tan solo pensarlo me dolía, no era posible que me este pasando esto a mí, estaba perdiendo al amor de mi vida. Un día quise seguirlo, me dijo que se juntaría con un amigo, pero lo vi entrando a una florería, salió con un ramo de rosas. Lo escuche decir “eres el único hombre en mi vida”.
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