Recostado, una suave brisa meció su cabello. Las risas ingenuas de los niños susurraban distantes.
Acallado por el capricho de esas manos nerviosas que desesperan y mueren en los bolsillos de terciopelo, esperó. Las aves dejaron caer sobre él el cielo de media tarde junto con el beso de la puta americana.
Durmió esa noche en el fuego de la hoguera de metal que consumió sus sueños, y los llevó a cenizas, que lo llevó a cenizas.
Acallado por el capricho de esas manos nerviosas que desesperan y mueren en los bolsillos de terciopelo, esperó. Las aves dejaron caer sobre él el cielo de media tarde junto con el beso de la puta americana.
Durmió esa noche en el fuego de la hoguera de metal que consumió sus sueños, y los llevó a cenizas, que lo llevó a cenizas.
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