Era una vez una suricata que ya tenía que era despertar, comer, irse al trabajo, salir del trabajo, ir a casa, bañarse, colocar la alarma, ver un poco de televisión, dormir y al día siguiente despertar, comer e irse al trabajo, pero en el transcurso del viaje se percató que había una suricata hembra que estaba en peligro, así que fue a ayudarla. Mientras estaba ayudando él recibió un disparo. Mientras las milésimas de segundo de su caída pasaban, pensó que al fin había pasado algo diferente.
La discusión cambio todo, ya no tenía ese brillo en los ojos al mirarme, sus besos eran diferentes, ya no eran dulces, me besaba sin ganas, sus abrazos pasaron de fuertes a débiles y ahí fue que me empecé a preocupar. De tan solo pensarlo me dolía, no era posible que me este pasando esto a mí, estaba perdiendo al amor de mi vida. Un día quise seguirlo, me dijo que se juntaría con un amigo, pero lo vi entrando a una florería, salió con un ramo de rosas. Lo escuche decir “eres el único hombre en mi vida”.
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