El hombre seguía su camino pensando en algo distinto,
algo que él podía cambiar, que su vida no podía ser simplemente lo mismo todos
los días, buscaba emociones, aventuras, buscaba vivir lo que tanto tiempo se
reprimió por su monótona vida, mecanizada, que, en algún momento de oscuridad
pensó que estaba condenada a un frio y usado escritorio, en eso, cuando abrió
los ojos, despertó y vio las curvilíneas mujeres que le traían su refresco,
mientras escuchaba el sonido de las olas reventado a la orilla de la playa de Río de Janeiro.
La discusión cambio todo, ya no tenía ese brillo en los ojos al mirarme, sus besos eran diferentes, ya no eran dulces, me besaba sin ganas, sus abrazos pasaron de fuertes a débiles y ahí fue que me empecé a preocupar. De tan solo pensarlo me dolía, no era posible que me este pasando esto a mí, estaba perdiendo al amor de mi vida. Un día quise seguirlo, me dijo que se juntaría con un amigo, pero lo vi entrando a una florería, salió con un ramo de rosas. Lo escuche decir “eres el único hombre en mi vida”.
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