En esta tarde de otoño la mujer sentada en
aquel banco, delicada y de tez blanca, llora como si le arrancaran el alma. Me
pregunto la causa de su llanto y me acerco por curiosidad. Me animo a
preguntarle, ¿Por qué lloras?, ella responde, lloro por penas del maravilloso
amor. De maravilloso no tiene nada mira lo que te ha provocado, le respondí. Y
con una sonrisa débil, dice: Somos unos seres masoquistas que sabiendo que nada
es para siempre, aun así nos enamoramos para tener aunque sea, solo por un momento, esa
felicidad plena de sentirse amado.
La discusión cambio todo, ya no tenía ese brillo en los ojos al mirarme, sus besos eran diferentes, ya no eran dulces, me besaba sin ganas, sus abrazos pasaron de fuertes a débiles y ahí fue que me empecé a preocupar. De tan solo pensarlo me dolía, no era posible que me este pasando esto a mí, estaba perdiendo al amor de mi vida. Un día quise seguirlo, me dijo que se juntaría con un amigo, pero lo vi entrando a una florería, salió con un ramo de rosas. Lo escuche decir “eres el único hombre en mi vida”.
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